martes, 17 de mayo de 2011

¿Qué es el odio?





Habitualmente asociamos la palabra odio con la idea de una peligrosa maldición de la que hay que alejarse lo más rápidamente posible. Igualmente se oye decir a menudo que el odio es tóxico para el ser humano y que hace prácticamente imposible la cicatrización de las heridas de la infancia. Como me alejo francamente de esta opinión común, muy a menudo, se me comprende mal. Así, todos mis esfuerzos para esclarecer este fenómeno y profundizar sobre esta noción no han conocido, hasta ahora, un gran éxito.
Por esta razón, a quien desee seguirme en estas investigaciones, recomiendo la lectura previa del capitulo de mi libro, « El origen del odio », titulado: ¿Como se engendra el odio?
Pienso yo también que el odio puede envenenar un organismo pero únicamente si es inconsciente y lo dirigimos hacia personas de sustitución es decir hacia víctimas propiciatorias. Puesto que de esta manera no puede extinguirse. Si odio a los trabajadores emigrantes por ejemplo, pero no puedo permitirme ver como mis padres me maltrataron en mi infancia, dejándome llorar durante horas y horas cuando sólo era un bebé o cuando jamás me dirigieron una mirada cariñosa, sufro entonces de un odio latente que puede acompañarme durante toda la vida y producirme diversos trastornos psíquicos. Pero si sé lo que mis padres me infligieron por ignorancia y puedo conscientemente indignarme con su comportamiento ya no necesitaré dirigir mi odio hacia otras personas de sustitución. Con el tiempo el odio que siento hacia mis padres podrá atenuarse o incluso desaparecer por períodos para reactivarse no obstante con nuevos acontecimientos o nuevos recuerdos. Lo que cambia es que ahora yo sé lo que me ocurre. Me conozco suficientemente bien para identificar los sentimientos que estoy viviendo Y YA NO TENGO LA NECESIDAD DE HERIR O MATAR A CUALQUIERA SIMPLEMENTE PARA SACIAR MI ODIO.
Hay gente que muestra incluso reconocimiento hacia sus padres por haberles pegado o que pretende haber olvidado desde hace mucho tiempo la brutalidad o la violencia sexual que sufrieron, han perdonado a sus padres por sus « pecados » si tienen costumbre de rezar, pero son incapaces de educar a sus hijos de otro modo que con violencia. Cada pedófilo hace alarde de amor hacia los niños ignorando que en el fondo se venga de lo que le hicieron a él siendo pequeño. Incluso sin ser consciente de su odio, vive bajo su dominación.
Este ODIO LATENTE, TRANSFERIDO es muy peligroso y difícil de extinguir puesto que no se dirige a la persona que lo causó sino hacia un sustituto. Puede durar toda la vida manifestarse bajo diversas formas de perversión y constituye un peligro para el entorno así como en ciertos casos para sí mismo.
Esto es completamente diferente del ODIO CONSCIENTE REACTIVO que como cualquier otro sentimiento desaparece cuando se ha vivido. Si un día por el contrario descubrimos que hemos sido maltratados por nuestros padres, el odio no se hará esperar, aparecerá a pesar nuestro. Como ya he dicho este podrá atenuarse con el tiempo pero el camino será sinuoso. El cuadro de los malos tratos sufridos en la infancia no aparece todo de un golpe, es un largo proceso en el curso del cual nuevos aspectos emergen poco a poco a la conciencia ocasionando nuevos accesos de odio. Pero esto no es en absoluto peligroso. Es la consecuencia lógica de lo que sucedió y que llega a ser perceptible solamente cuando se es adulto ya que el niño no tuvo otra elección que la de sufrir durante años en silencio.
Al igual que el odio reactivo hacia los padres y el latente dirigido hacia une víctima propiciatoria existe el odio JUSTIFICADO que sentimos hacia una persona, que nos carcome física y psíquicamente y que nos domina sin que nos podamos liberar o al menos así lo creemos. Mientras nos encontramos bajo su dependencia, o así lo creemos, obligatoriamente la odiamos. Es inconcebible que un individuo torturado no sienta ningún rencor contra su verdugo. Si no se permite este sentimiento sufrirá síntomas corporales. Las biografías de mártires cristianos testimonian con la descripción de terribles enfermedades, a menudo – hecho característico – de orden dermatológico-. El cuerpo se defiende así de la traición hacia sí mismo, ya que los «santos» tenían que perdonar a sus verdugos – pero su piel inflamada exponía la intensa cólera reprimida.
Si el interesado logra no obstante escapar al poder del que le domina, ya no tendrá la necesidad de vivir día tras día con este odio. Está claro que el recuerdo de su impotencia y de los tormentos que le infligieron puede emerger a su memoria pero la intensidad del odio se atenuará al cabo del tiempo (en mi libro « El cuerpo nunca miente », he tratado con más detalle esta cuestión).
El odio es un sentimiento fuerte, dinámico, un signo de nuestra vitalidad. Por esta razón, si lo reprimimos, lo pagamos con nuestro cuerpo. Puesto que el odio nos habla de nuestras heridas y también de nosotros mismos, de nuestros valores, y de nuestro tipo de sensibilidad, debemos aprender a escuchar y comprender el significado de su mensaje. Si lo logramos ya no lo temeremos. Si por ejemplo no soportamos la hipocresía y la mentira nos permitiremos combatirlos cada vez que nos sea posible o nos apartaremos de la gente que sólo da crédito a la mentira. Pero si por el contrario nos hacemos los indiferentes, nos traicionamos. Una traición alentada por la demanda casi general, aunque destructora, del perdón. No obstante, está ampliamente demostrado que ni los rezos ni los ejercicios de autosugestión con los « pensamientos positivos » son capaces de abolir las justificadas reacciones vitales del cuerpo contra las humillaciones y otras heridas precoces de la integridad del niño. Las horribles enfermedades de los mártires muestran claramente el precio que pagaron por negar sus sentimientos. ¿No sería más sencillo preguntarse a quién odiamos y ver las razones que motivan dicho odio? Entonces, en efecto, podremos vivir con los sentimientos que tenemos como seres responsables, sin negarlos y tener que pagar, por esta « virtuosa » actitud, con nuestra salud.
Yo desconfiaría si un terapeuta me prometiese que al final de la terapia (y sin duda gracias al perdón ) se terminarían mis indeseados sentimientos de ira, furia y odio. ¿Qué ocurrirá conmigo si ya no puedo enfadarme o enfurecerme ante la injusticia, la estafa, la maldad o la estupidez proferida con arrogancia? ¿No será eso una mutilación de mi vida afectiva? Si la terapia me ayuda realmente, deberé, más bien, tener acceso a TODOS mis sentimientos durante el resto de mi vida y un acceso consciente a mi historia, donde encontraré la explicación de la intensidad de mis reacciones. Una vez conocidas las razones, la intensidad disminuirá rápidamente sin dejar marcas dramáticas en mi cuerpo, (contrariamente a la represión de las desmesuradas emociones inconscientes).
Una terapia adecuada me enseña a comprender mis sentimientos y a no condenarlos, a considerarlos como mis protectores aliados en lugar de temerlos y a verlos como enemigos que hay que combatir. Incluso cuando es eso lo que nuestros padres, profesores y curas nos han enseñado tenemos que intentar abrir los ojos de una vez para ver que esta automutilación que practicaron es peligrosa. Nosotros mismos fuimos sus victimas.
No son, en ningún caso, nuestros sentimientos los que constituyen un peligro para nosotros mismos y nuestro entorno, sino mas bien el hecho de que por temor nos hayamos desconectados de ellos. Y es esta desconexión la que produce los accesos de locura homicidas, los atentados suicidas incomprensibles y el hecho de que innumerables tribunales no quieran saber nada sobre los verdaderos motivos de un acto criminal, con el fin de proteger a los padres del delincuente para no levantar en velo sobre su propia historia.

Alice Miller

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